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Susana y Bel y el Dragón

El Misterio de los Capítulos Ausentes: Por qué Daniel 13 y 14 son debatidos en la Biblia

El Libro de Daniel es una de las piezas más fascinantes y estudiadas de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, al abrir diferentes ediciones de la Biblia, el lector atento notará una discrepancia notable: mientras que las Biblias católicas y ortodoxas incluyen 14 capítulos, muchas ediciones protestantes cierran el libro en el capítulo 12.

Esta diferencia no es un error de imprenta ni una omisión caprichosa. Se trata de una distinción histórica, teológica y lingüística profunda que se remonta a los primeros siglos del cristianismo y que se cristalizó durante la Reforma Protestante del siglo XVI. Para comprender por qué los relatos conocidos como “La Historia de Susana” (capítulo 13) y “Bel y el Dragón” (capítulo 14) no se encuentran en todas las Biblias, debemos explorar la compleja historia de cómo se formó el canon bíblico.


¿Qué son los capítulos 13 y 14?

Antes de analizar su estatus, es útil entender qué contienen estos pasajes. Estos capítulos no forman parte del texto hebreo masorético original, sino que han llegado hasta nosotros principalmente a través de la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento):

  • Daniel 13 (La Historia de Susana): Narra la historia de una mujer virtuosa llamada Susana, quien es falsamente acusada de adulterio por dos ancianos corruptos. Daniel, lleno del Espíritu de Dios, interviene para demostrar su inocencia a través de un interrogatorio sagaz, exponiendo la mentira de los acusadores.
  • Daniel 14 (Bel y el Dragón): Este capítulo consta de dos relatos apologéticos. El primero muestra a Daniel desenmascarando la falsedad de los sacerdotes del dios babilónico Bel, demostrando que no era el ídolo quien consumía las ofrendas, sino los sacerdotes. El segundo relata cómo Daniel mata a un dragón sagrado adorado por los babilonios, lo que lo lleva a ser arrojado al foso de los leones.

Desde una perspectiva narrativa, estos textos sirven para ilustrar la sabiduría y la fidelidad de Daniel. No obstante, su inclusión en el canon ha sido objeto de debate durante siglos debido a su origen y estilo literario.


La raíz del debate: ¿Hebreo o Griego?

La razón fundamental detrás de la exclusión de estos capítulos en muchas Biblias radica en la cuestión de la autoridad lingüística del canon.

El Antiguo Testamento fue escrito, en su inmensa mayoría, en hebreo, con algunas partes en arameo. Durante el periodo intertestamentario, se realizó la traducción de las Escrituras al griego, conocida como la Septuaginta (LXX). Esta versión fue ampliamente utilizada por las comunidades judías de la diáspora y, posteriormente, por la Iglesia cristiana primitiva.

La Septuaginta incluía libros y adiciones textuales (como estos capítulos de Daniel) que no estaban presentes en el texto hebreo que conservaban los líderes religiosos judíos. Cuando los reformadores protestantes, siglos después, decidieron establecer el canon del Antiguo Testamento, se adhirieron estrictamente al principio de Hebraica Veritas (la verdad hebrea). Es decir, determinaron que el canon del Antiguo Testamento debía limitarse a los libros que formaban parte de la tradición hebrea original, la cual no contenía estos añadidos griegos. Esto lo vimos ampliamente en el artículo La Biblia: ¿Porqué 66 Libros y no 73?


La advertencia de San Jerónimo

Es importante notar que esta no es una controversia exclusivamente “protestante”. Incluso en el siglo IV, San Jerónimo, el erudito encargado de traducir la Biblia al latín (la famosa Vulgata Latina), notó esta discrepancia.

Al traducir Daniel, Jerónimo incluyó los capítulos 13 y 14, pero añadió notas introductorias advirtiendo al lector que estos textos no existían en el canon hebreo. Él consideraba que estos relatos eran historias piadosas, pero que no poseían la misma autoridad profética que el cuerpo principal del libro. Esta postura histórica de Jerónimo fue la que posteriormente los reformadores utilizaron para justificar la exclusión de estos textos del canon normativo.


El impacto de la Reforma Protestante

Con la llegada del siglo XVI y la Reforma, el principio de Sola Scriptura (la Escritura como única autoridad infalible para la fe y la práctica) llevó a un escrutinio riguroso del canon. Los reformadores, como Martín Lutero, buscaron recuperar la pureza de las fuentes originales.

Lutero y sus contemporáneos argumentaron que, si un texto no formaba parte del canon hebreo, no debía tener la misma autoridad doctrinal que los textos que sí lo formaban. Por ello, clasificaron estos pasajes como “apócrifos”. Esto no significaba necesariamente que fueran falsos o carentes de valor, sino que no debían ser utilizados para establecer dogmas de fe.

En muchas de las primeras Biblias protestantes, estos capítulos no fueron eliminados, sino movidos a una sección separada, generalmente ubicada entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, bajo el título de “Apócrifos”. Con el paso del tiempo, en muchas ediciones populares, estos libros fueron eliminados por completo para reducir costos de impresión y simplificar la estructura del volumen, consolidando la versión de 12 capítulos de Daniel que hoy conocemos como la estándar en el ámbito protestante.


La respuesta del Concilio de Trento

Mientras la Reforma se alejaba de estos textos, la Iglesia Católica tomó una decisión distinta. Durante el Concilio de Trento (1546), la Iglesia reafirmó su canon bíblico, incluyendo los libros apócrifos, basándose en la tradición de uso de la Iglesia antigua y la autoridad de la Vulgata.

Para la tradición católica, la Iglesia, supuestamente guiada por el Espíritu Santo, tiene la autoridad para discernir el canon, y puesto que estos textos habían sido leídos y venerados en la liturgia durante más de un milenio, se consideraron parte integral de la revelación divina. Así, mientras que para una tradición el criterio es la exclusividad del canon hebreo original, para la otra es la tradición ininterrumpida de la comunidad cristiana.

Conclusión: Diversidad en la unidad

La razón por la cual no encontrarás los capítulos 13 y 14 en la mayoría de las Biblias protestantes/cristianas es, en última instancia, una cuestión de criterio canónico. Las iglesias que siguen la tradición reformada priorizan el canon hebreo masorético como la fuente inalterable de autoridad profética. Por otro lado, las tradiciones católica y ortodoxa sostienen una visión más amplia, validando la tradición textual de la Septuaginta y el uso histórico de estos libros en la vida de la Iglesia.

Más allá de las diferencias, es interesante observar cómo estos relatos, independientemente de su estatus canónico, han perdurado. La historia de Susana y la astucia de Daniel frente a los ídolos de Bel continúan ofreciendo lecciones valiosas sobre la integridad, el coraje frente a la injusticia y la confianza en la providencia de Dios. Como se destaca en el espíritu de la Escritura:

“El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién tendré temor?” (Salmos 27:1, NBLA).

Entender esta diferencia nos invita a apreciar no solo la Biblia que tenemos en nuestras manos, sino también la riqueza de la historia del pensamiento cristiano y el esfuerzo continuo por preservar y transmitir la Palabra de Dios a través de las generaciones.

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